Por: Ernesto Arévalo Galindo

América Latina acapara la atención ante la renuncia del presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, como consecuencia a la crisis política causada por la difusión de audios y videos que muestran el intento de comprar votos de congresistas, por parte de sus aliados, para evitar su destitución. La noticia, difundida por agencias internacionales, tiene como punto de partida posibles actos de corrupción; razón por la cual, los legisladores estaban en pleno proceso de análisis para su inminente destitución del poder.

Por supuesto, el tema será abordado ampliamente, aunque no deja de llamar la atención en México, porque durante el sexenio de Enrique Peña Nieto precisamente la “corrupción” (acción humana que transgrede los principios éticos y las normas legales) fue elevada al grado de “institución” (organización con principios morales y académicos, para mantener un orden social); lo anterior, bajo la complicidad de los poderes Legislativo y Judicial.

La historia de nuestra nación está manchada por el Presidente de la República, quien a pesar de haber sido elegido mediante el voto no correspondió a la esperanza y al aliento de sus gobernados. Nunca ha visto al pueblo mexicano como su amigo, sino como su vasallo. Por su parte, el pueblo mexicano nunca ha visto al Presidente de la República como su amigo, sino como su verdugo.

La pésima relación gobierno-sociedad permeó los ámbitos estatal y municipal, cuyas consecuencias son muy graves.

Tampoco un solo hombre tiene la culpa de todo. Igualmente, la sociedad es parte de la desgracia nacional por su debilidad y por su flojera para generar verdaderamente un cambio en el país. No ha demostrado la voluntad de transformación, anulando el conocimiento sobre su propia existencia, de sus estados y de sus actos.

Aquí, en México, transcurrirán muchos años para que un Presidente renuncie, en caso de un acto de corrupción. Entonces, la educación habrá sido el pilar de la sociedad. ¡Sí! El cambio, no de forma sino de fondo, será la realidad. Entonces, México empezará a recuperar la identidad y el orgullo nacionales. No con discursos vacíos ni mentiras oficiales, sino con acciones transformadas en hechos. Entonces seremos nuevamente México. Próspero.

¡Digno!

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(Foto: wikipedia)