“A Hidalgo se le ve casi como un santo y no lo era”, señala Martín Briceño.

Mérida, Yucatán.- En ocasión del 206 aniversario del inicio de la Independencia de México, conviene revisar la biografía de nuestros héroes, desmitificarlos, como Miguel Hidalgo y Costilla, sin que ello signifique menospreciar a desvalorizar su trayectoria, legado y obra.

El historiador cultural Enrique Martín Briceño aseveró lo anterior y firmó que es hora de acabar con la historia de individuos de bronce y verlos como lo que fueron: seres humanos con aciertos y errores debilidades y virtudes.

En entrevista, el también jefe del Departamento de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura y las Artes expuso que en la medida que conozcamos mejor a los personajes de la historia oficial, podremos  acercarnos más a ellos y reconocer su legado.

Homenajeado en el 2015 con el galardón de la Asociación de Editores y Libreros de Yucatán por su trayectoria, el también escritor sostuvo que hay quienes consideran que los héroes no deben ser cuestionados, sin embargo, dijo, es conveniente hacerlo.

El libertador – cuyo nombre completo era Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor –  es reconocido como el Padre de la Patria y se le ve casi como un santo, pero no lo era, puntualizó Martín Briceño, autor de libros como “Yo bailé con don Porfirio” y “Aquí canta el ave”.

Hidalgo, continuó, era amigo de las fiestas como cualquier persona, lo cual no desvalora sus pensamientos y acciones. Es como el caso de Felipe Carrillo Puerto quien tuvo que divorciarse para casarse con la periodista Alma Reed, refleja de su sensibilidad y de acciones como las de cualquier persona, recordó.

Mencionó que otros autores se han encargado de desmitificar a personajes de la historia de México como el caso del escritor Jorge Ibargüengoitia con su libro “Los pasos de López” en el que ofrece una visión humorística de la Conspiración de Querétaro

Otro escritor, Eugenio Aguirre, publicó en su libro “Hidalgo: entre la virtud y el vicio” que el libertador fue blasfemo, jugador, mujeriego y parrandero, pero también culto e ilustrado, músico, dramaturgo y hasta torero”.

En dicha edición, el autor alude al “muchacho imparable y curioso que está por convertirse en un sacerdote sibarita, afecto al placer de las camas ajenas, voraz lector de la literatura de la Ilustración y apasionado defensor de la libertad y de los derechos de los criollos y los nacidos en la Nueva España”.

(Jesús Mejía)