Mérida, Yucatán.- Un vehemente llamado para dotar de opciones culturales y artísticas a las nuevas generaciones frente a los riesgos de la violencia y de los efectos perniciosos de las plagas digitales resonó durante entrega del Premio Excelencia en las Letras “José Emilio Pacheco” 2026 a Elsa Cross.

En el acto, parte de la inauguración de la decimocuarta edición de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY), la poeta, ensayista y traductora lanzó una alerta, desde su experiencia personal y profesional.

“Es alarmante ver en muchas partes del país desafiando las cifras oficiales, el incremento que ha habido no solo en delincuencia común, sino en crímenes graves por partes de jóvenes, a veces menores de edad”, expresó en su discurso de aceptación.

“Siempre recuerdo algo que dijo el doctor (José Ramón) Narro Robles cuando era rector de la UNAM: Si hay jóvenes en la cárcel es porque nosotros estamos mal como sociedad”, citó.

Y de ahí pasó a la referencia de la tierra anfitriona.

“Esto es totalmente cierto. Aunque sé que Yucatán puede ser una excepción, y Dios permita que lo siga siendo, me ha bastado ver a veces en los rostros de jóvenes detenidos por violencia, tráfico de drogas o lo que sea, antes de emitir cualquier juicio que no me corresponde, preguntarme qué oportunidades, o más bien, qué falta de oportunidades de educación, de evolución, tuvieron esos muchachos para no encontrar otra forma de vida. ¿Por qué son tan escasas en todos sentidos las opciones que les ofrecemos? Y esto puede ir de mal en peor”, reflexionó.

En presencia del gobernador Joaquín Díaz Mena y de la alcaldesa Cecilia Patrón Laviada, así como del rector de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), Carlos Estrada Pinto, la doctora en Filosofía por la UNAM advirtió que no solo las juventudes son blanco de los tiempos actuales.

“Para estos y todos los demás jóvenes y viejos también, es difícil salvarse ahora de la influencia del narcisismo digital dominante, de la incontrolable adicción colectiva a un celular, o de la telaraña pegajosa de las redes sociales llenas de banalidad y de espejismos, cuando, sobre todo los jóvenes, parecen no tener algo más sólido que haga contrapeso, algo más atractivo, más verdadero, en que se apoyen, con qué se defienden”, describió.

Así, se pronunció por la “muy deseable” oferta hacia la juventud, desde la primaria, de horizontes más amplios que los que otorgan “los programas escolares, a veces cada vez más deficientes”.

No sólo el deporte –continuó–, sino la cultura, que no es privilegio de las clases altas, son opciones reales para esos jóvenes.

Recomendó entender una y otra vez que la inmensa creatividad de un adolescente, su enorme energía, necesita expresarse, nutrirse, encauzarse.

“La pintura, la escultura, la danza, el teatro, la escritura en todas sus manifestaciones, una orquesta sinfónica para jóvenes, son opciones excepcionales y ojalá florezcan aquí en abundancia, aparte de todos los programas que ya hay.

“Sin embargo, no se puede pensar que la cultura sea una panacea universal, ojalá lo fuera, el mundo sería quizá un lugar mejor, pero sí es una puerta, una posibilidad, entre otras, sumamente valiosa y gratificante. Y de ahí la importancia de abrir esa puerta para los jóvenes”, remató.

En el salón Uxmal 1 del Centro de Convenciones y Exposiciones Yucatán Siglo XXI estuvieron María Teresa Mézquita Méndez, directora de la FILEY; Sara Poot Herrera, directora de la asociación UC-Mexicanistas; Laura Emilia Pacheco, representante de la familia del escritor José Emilio Pacheco; Luis Enrique Palafox Maestre, rector de la Universidad Autónoma de Baja California, y el integrante del jurado del Premio Óscar Ortega Arango.

Elsa Cross, de 80 años de edad, nació en la Ciudad de México el 6 de marzo de 1946.

Del 14 al 22 de marzo asisten más de 600 escritoras, escritores, editoras, editores, libreras, libreros y promotores de la lectura.

En ese lapso se han programado 700 actividades para todas las edades.

La Universidad Autónoma de Baja California es invitada de honor en 2026.

(LectorMx)

DISCURSO TEXTUAL

Señores gobernadores, al señor rector, a Tete Mezquita, Sarita Poot, a todo el jurado, a Oscar y Alberto, a quienes agradezco en especial sus palabras, y al presidium completo. A los jurados en especial agradezco su generosidad al otorgarme el premio de excelencia en las letras José Emilio Pacheco. Va mi gratitud por el otorgamiento de este valioso galardón a mi trabajo, que espero que esté a la altura del premio. Los doce escritores que me han precedido, sin excepción, como pudimos verlos hace un momento, son autores muy brillantes y significativos para nuestras letras.

Es una gran alegría y un honor recibirlo, porque además de que mi nombre se sume a esta notable lista, hay tres cosas que me emocionan mucho en relación con el premio.

La primera es que lleve el nombre de José Emilio Pacheco, figura muy querida y admirada, que dejó un enorme legado en nuestra literatura, y me da mucho gusto saludar también a Laura Emilia.

La segunda es que sea en esta tierra donde se otorga. Yucatán ha sido para mí un lugar muy querido aún desde antes de conocerlo.

La tercera es que me ha dado la posibilidad de volver aquí y poder ver a muchas amigas y amigos queridos.

Aunque mis padres son del norte, Yucatán estuvo siempre presente en mi casa.

Recuerdo que casi la única música popular que se oía ahí, pero que se escuchaba era música clásica, fue la vieja trova yucateca, la trova original que a mi padre le gustaba mucho. Él fue piloto aviador y durante una época volaba mucho acá y refería cómo le encantaba del lugar, la gente, la comida y desde luego la música.

Siento que aparte de la música exquisita, la letra de esas canciones, aún con ocasionales excesos retóricos, fue uno de mis contactos más tempranos con la poesía. Oír que alguien pudiera hablar con las estrellas o llenar de música el alma, eran cosas reveladoras para mí, como también fue divertido el que de esta última canción, ‘Ella’, un amigo entendiera al escucharla, siendo muy niño, no: no sé por qué sollozo y tiemblo, sino no sé por qué soy oso y tiemblo.

¿Qué tenían que ver los osos? Se preguntaba.

Recuerdo todavía esa noche en Trovador Bohemio, un bar frente a la plaza de Santa Lucía. Quiero oír esa canción Jorge Lara recordara esta anécdota, que disfrutamos mucho Roger Metri y yo.

Poder ver de nuevo a estos y otros amigos es una gran alegría.

A Roger Metri, le debo que sin conocerme, me invitó a dar un taller de poesía en el Instituto de Cultura de Yucatán, en 1999, cuando era ahí director de literatura. Después fue director de Cultura del Ayuntamiento y nuevo secretario de Cultura de Yucatán.

Me invitó en otras ocasiones a dar un taller, algunas conferencias y lecturas, y estuve también en un memorable congreso internacional de vida y literatura, Aguas Santas de la Creación, organizado por Sarita Poot.

Y estos viajes, además de permitirme establecer contacto con colegas y con alumnos que tenían interés por la poesía, me facilitaron poder conocer varios lugares y zonas arqueológicas que me hicieron escribir después muchos poemas.

Para mí ha sido casi mágico el contacto con toda la zona maya y en especial con Yucatán, que posee una cultura excepcional y sobre todo una cultura viva.

Ojalá este legado se preserve, pues siento que es una de las culturas originarias más altas de México. La cultura está en herencias de mucho tipo. Uno puede pensar en la belleza y la riqueza de las zonas arqueológicas mayas, en lo que quedó, por desgracia, muy poco de su literatura ancestral.

En sus tradiciones culinarias, agrícolas, de construcción y muchas otras cosas que están vivas. Pero sobre todo se percibe en la gente, en su trato, en sus maneras, en su disposición. Espero que no contaminemos los fuereños, que cada vez son más en estas tierras.

Pongo dos ejemplos de lo que son para mí estas formas vivas de cultura. Para que mi padre pudiera volar en líneas comerciales, voló en Mexicana y luego en Aeroméxico, antes tuvo que reunir muchas horas de vuelo y volaba para una compañía que transportaba chicle desde varias zonas del sureste a Estados Unidos y que ellos nos devolvían convertidos en chicles Adams.

Lo malo es que volaba en unos equipos que parecían desechos no de la Segunda sino de la Primera Guerra Mundial. Decenas de compañeros suyos se mataron y él cayó una vez en la selva Lacandona, donde se rompió una pierna y lo rescataron con gran cuidado personas de una comunidad. Otra vez cayó en el mar.

Por suerte, era muy buen nadador y llegó nadando hasta la costa, a Chancán, cerca de las playas de Champotón, en Campeche.

Un campesino lo llevó en su carreta hasta la casa de un hombre viejo, con fama de sabio, que de inmediato lo recibió. Le dijo que debía calmarse, que se sentara frente al oriente, hiciera respiraciones lentas y profundas y que diera gracias de estar vivo.

Siendo mi padre de Matamoros, siempre había visto el sol salir sobre el mar. De modo que se sentó así y poco después llegó su anfitrión y le dijo, solo que el oriente queda para el otro lado. Mi papá se dio cuenta de que en su aturdimiento había pasado por alto que la curva del litoral en Campeche hacia el mar quedara justo hacia el lado poniente.

Se apenó considerando que el viejito debía haber pensado, con razón se cayó este idiota, si no sabe para dónde queda el oriente. Pero permaneció ahí mucho rato, respirando profundo, quizá meditando sin saberlo. ¿Conocía ese señor algo de yoga? En la década de los cuarenta no se había difundido.

¿Cómo sabía esas cosas? ¿Eran de su tradición? Con su trato y sus palabras hacia mi padre, junto a su generosidad, lo ayudó mucho a superar el impacto del naufragio y a regresar a casa.

El otro ejemplo. En alguna de esas ocasiones se quedaba yo aquí en un taller, estaba en un hotel que me gustaba mucho, sobre todo por el nombre, Los Aluxes, y al desayunar me llevaba poemas para trabajarlos al final, tomando un café. Y vi de pronto entrar como catorce o quince jóvenes de preparatoria con su profesor, pues despedían el año escolar, y se sentaron en una mesa cerca de mí. Al verlos entrar pensé, se acabó la paz.

Me imaginaba que como en cualquier otro sitio iba a haber gritos, algarabía, desorden, y fue impresionante ver en todos unas maneras y un trato muy educado. Sin duda estaban muy contentos, pero ninguno alzó la voz. Esos jóvenes me hicieron sentir que tenían no solo otro nivel de educación, sino de evolución.

Ojalá esto se preserve así y ojalá que se extendiera a todo el país. He tenido la suerte de recibir muchos premios toda mi vida, y en especial últimamente. Y más allá del agradecimiento que pueden inspirar como este premio que es muy especial para mí, los he visto como una muestra esperanzadora de que puedan seguir propagándose por todas partes las manifestaciones de apoyos culturales, del tipo que sean: premios, concursos, exposiciones de arte visual, conciertos, sinfónicos. Y eso sobre todo para los jóvenes.

Es alarmante ver en muchas partes del país desafiando las cifras oficiales, el incremento que ha habido no solo en delincuencia común, sino en crímenes graves por partes de jóvenes, a veces menores de edad.

Siempre recuerdo algo que dijo el doctor Narro Robles cuando era rector de la UNAM: Si hay jóvenes en la cárcel es porque nosotros estamos mal como sociedad.

Esto es totalmente cierto. Aunque sé que Yucatán puede ser una excepción, y Dios permita que lo siga siendo, me ha bastado ver a veces en los rostros de jóvenes detenidos por violencia, tráfico de drogas o lo que sea, antes de emitir cualquier juicio que no me corresponde, preguntarme qué oportunidades, o más bien, qué falta de oportunidades de educación, de evolución, tuvieron esos muchachos para no encontrar otra forma de vida. ¿Por qué son tan escasas en todos sentidos las opciones que les ofrecemos? Y esto puede ir de mal en peor.

Para estos y todos los demás jóvenes y viejos también, es difícil salvarse ahora de la influencia del narcisismo digital dominante, de la incontrolable adicción colectiva a un celular, o de la telaraña pegajosa de las redes sociales llenas de banalidad y despejismos, cuando, sobre todo los jóvenes, parecen no tener algo más sólido que haga contrapeso, algo más atractivo, más verdadero, en que se apoyen, con qué se defienden.

Sería muy deseable ofrecer a nuestra juventud, desde la primaria, horizontes más amplios que los que ofrecen los programas escolares, a veces cada vez más deficientes. No sólo el deporte, sino la cultura, que no es privilegio de las clases altas, son opciones reales para esos jóvenes.

Hay que entender una y otra vez que la inmensa creatividad de un adolescente, su enorme energía, necesita expresarse, nutrirse, encauzarse. La pintura, la escultura, la danza, el teatro, la escritura en todas sus manifestaciones, una orquesta sinfónica para jóvenes, son opciones excepcionales y ojalá florezcan aquí en abundancia, aparte de todos los programas que ya hay. Sin embargo, no se puede pensar que la cultura sea una panacea universal, ojalá lo fuera, el mundo sería quizá un lugar mejor, pero sí es una puerta, una posibilidad, entre otras, sumamente valiosa y gratificante. Y de ahí la importancia de abrir esa puerta para los jóvenes.

He contado antes algo que me sucedió hace tiempo, cuando daba un taller de poesía, y había un muchacho humilde, que cuando se presentó después de que todos los demás lo habían hecho, dijo que él había sido un chico banda, es decir, un delincuente, hasta que descubrió la poesía.

No se trata de que todos los muchachos se conviertan en artistas; habrá quien será un magnífico médico o ingeniero, pero el contacto con cualquier forma de arte o pensamiento lo enriquecerá por el resto de su vida.

Siento que mi vida no habría sido la misma, y sería incomparablemente más pobre, sin haber oído alguna vez música de Mozart o Beethoven, o sin la pintura de Van Gogh o de Tamayo.

Para un joven puede ser invaluable abrir su sensibilidad hacia esas expresiones. De ahí el valor de actividades culturales como esta, de la Feria de la Lectura, y de este premio que nuevamente agradezco y recibo de corazón.

Muchas gracias.