Pedro Diego Tzuc Cimé

Mérida, Yucatán.- De su rostro moreno, con trazas de inseguridad, timidez e incertidumbre, brotan de repente sonrisas genuinas. Es J.I.M.C. «Nachito», descendiente de tseltales de los Altos de Chiapas.

Su abuela María y madre Magali salieron de su comunidad en el corredor Ocosingo-Palenque hace 22 años y se asentaron en Campeche.

La falta de empleo y de condiciones económicas en la capital campechana, empujaron a Magali y su pareja a trasladarse a Yucatán.

Ella y su concubino llegaron hace dos años a la cabecera municipal de Baca, atraídos por el auge en la construcción de desarrollos inmobiliarios.

«Nachito», que en principio se quedó con la abuela a quien ayudaba en la venta de pozol (o pozole), alcanzó a su progenitora un año después.

Su hermano «Joel», de 14 años de edad, logró librarse de malos pasos y llegó durante el 2026 a la misma villa, a unos 18 kilómetros al noreste de Mérida. En cosa de semanas encontró ocupación como alarife y pronto será papá, de su relación con una chica de 16, por lo que ha tenido que rentar vivienda.

El entorno de adversidades dio uno de sus giros positivos en septiembre pasado: «Nachito» ingresó a la escuela primaria. Nadie de su círculo materno sabe leer ni escribir.

En 2025, motivada por conocidos, la mamá intentó inscribir a su hijo, pero la respuesta oficial de que «no había cupo» la paralizó.

De nuevo en 2026, habitantes de la calle donde vive insistieron en que el infante debía ir a tomar clases.

Con algo de temor, «Magali» aceptó y volvió a la dirección de la Escuela Benito Juárez. Entonces comenzó una abrumadora carga de papeleos y trámites burocráticos para un niño con limitada documentación.

No pudo acreditar el certificado de preescolar, a la que nunca asistió el pequeño, su familia pasó apuros para pagar útiles, cuotas, uniformes deportivos y hasta la entrega de 500 hojas en blanco (120 pesos) que equivalen, según dicen, a un día de comida para ellos tres en casa.

Superadas las trabas, a veces con ayuda generosa de quienes los conocen en el vecindario, el niño tseltal ha cumplido casi dos meses de atisbo en un mundo para él desconocido, en descubrimiento diario.

El atraso en que se encuentra marca una diferencia abismal con respecto al resto de los alumnos. En el hogar no tiene lo suficiente para entender lo que le enseñan en el aula, por eso recurre a la dueña del pequeño negocio donde su madre, de manera esporádica, obtiene modestos ingresos.

El padre adoptivo, albañil sin escolaridad y con problemas por el consumo de alcohol, se esfuerza y lleva el sustento que apenas cubre lo indispensable. También tienen que pagar por el inmueble rentado que les brinda cobijo.

Este 25 de octubre, «Nachito» cumplió 8 años de edad, en la anatomía de uno de uno de 6. Había planeado invitar a sus escasos amiguitos escolares a comer tamales; no se pudo, por falta de dinero.

Una vecina le regaló un pequeño pastel y le cantaron en la calidez del único cuarto techado de su domicilio.

«Negrito», un perrito malix (mestizo) que poco después de su desembarco de Campeche fue sustraído por un alcohólico que pretendió venderlo por cinco pesos para paliar la desesperación del momento, estuvo junto a la mesa con su inseparable amigo.

Fue más que un festejo, pareció un grito de esperanza y el germen de un sueño hacia un mejor futuro desde la educación formal.

«Nachito» simboliza a generaciones –de las variadas subramas mayas vivientes– que todavía luchan por escapar de la selva ancestral de ignorancia, discriminación y marginación, de la condena a la pobreza heredada.

Su historia condensa décadas y siglos de obstáculos para su etnia, con vínculos originarios en las raíces profundas de la península de Yucatán.

(LectorMx)